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Jugando a las escondidas

J. Daniel Salinas, PhDVersión PDF

El doctor Salinas nació en Bogotá, es ingeniero mecánico de la Universidad Nacional. Hizo su Maestría en Biblia y teología en el Wheaton College en Illinois, Estados Unidos y su doctorado en teología histórica en la Trinity International University. Es misionero de la United World Mission. Está casado con Gayna y tiene tres hijos.​

Resumen

Los evangélicos hemos enfatizado la proclamación verbal y la proclamación escrita del evangelio, pero hemos descuidado la proclamación visual. El artículo ubica este tipo de proclamación como un elemento importante de nuestra comunicación del evangelio. También describe algunas referencias bíblicas al respecto y termina analizando la situación en las iglesias latinoamericanas.

Palabras clave: Comunicación no verbal o visual, proclamación visual, buenas obras.

Introducción

    Si algo hemos aprendido del revolcón hermenéutico de las últimas décadas es que la comunicación humana es un fenómeno complejo, con muchos factores en juego. Para los creyentes que tenemos la responsabilidad de asegurarnos de que el mensaje del evangelio sea comunicado a todas las personas, la teoría y práctica de la comunicación debe ser tema obligatorio. Debemos conocer, entender y utilizar todas las formas de comunicación disponibles para asegurarnos de que nuestro mensaje llega sin interrupciones ni malentendidos. Los expertos nos dicen que hay básicamente tres formas de comunicación: verbal, no-verbal y escrita. Evaluando los esfuerzos de expansión del evangelio a lo largo de la historia, podemos ver que se han enfatizado la proclamación verbal y la escrita, pero ¿qué ha pasado con la proclamación no-verbal, o visual? ¿Hay instrucciones específicas al respecto en la Biblia?

Algo de la Biblia

    Dios es el ejemplo máximo de comunicador. El habló (comunicación verbal), dejó su Palabra (comunicación escrita) y se revela tanto en la creación, y en Israel, como en la encarnación (comunicación visual). Todas esas formas usadas por Dios para revelarse a los seres humanos son necesarias para una transmisión completa del mensaje. Las tres formas de comunicación se complementan de manera que, para nosotros captar lo que Dios quiere decirnos, no podemos prescindir de ninguna de ellas. Como creyentes en el Dios de la Biblia, debemos seguir su ejemplo utilizando todas las formas y medios que tenemos a nuestro alcance para comunicar el mensaje del evangelio.
           
    Israel, como el pueblo escogido de Dios, era un instrumento de revelación para el mundo. En su discurso en el Neguev, antes de que el pueblo entrara a la tierra de Canaán, Moisés explicó a los israelitas que ellos, como pueblo, eran la manifestación visual del poder de Dios: “Miren, yo les he enseñado los preceptos y las normas que me ordenó el SEÑOR mi Dios, para que ustedes los pongan en práctica en la tierra de la que ahora van a tomar posesión. Obedézcanlos y póngalos en práctica; así demostrarán su sabiduría e inteligencia ante las naciones” (Dt 4:5-6).[1] La obediencia de los israelitas era una clara evidencia visual de su relación especial con el Señor. “El SEÑOR te establecerá como su pueblo santo, conforme a su juramento, si cumples sus mandamientos y andas en sus caminos. Todas las naciones de la tierra te respetarán al reconocerte como el pueblo del SEÑOR” (Dt 28:9-10). A través de Israel, de su obediencia a las leyes divinas, Dios mostró de forma visual lo que era ser un pueblo bajo la soberanía de ese Dios. Israel debía ser el modelo ante las naciones de un país sometido completamente a Dios y a sus mandamientos, sin la necesidad de decir nada; su vida nacional era suficiente.

    En la época monárquica, los reyes entendieron esto. Por ejemplo, en su oración de consagración del recientemente terminado templo en Jerusalén, el rey Salomón expresó esta misión de Israel: “Que el SEÑOR nuestro Dios esté con nosotros, como estuvo con nuestros antepasados; que nunca nos deje ni nos abandone. Que incline nuestro corazón hacia él, para que sigamos todos sus caminos y cumplamos los mandamientos, decretos y leyes que les dio a nuestros antepasados. Y que de día y noche el SEÑOR tenga presente todo lo que le ha suplicado, para que defienda la causa de este siervo suyo y de su pueblo Israel, según la necesidad de cada día. Así, todos los pueblos de la tierra sabrán que el SEÑOR es Dios, y que no hay otro” (1R 8:57-60). Es clara aquí la relación entre la obediencia del pueblo a la ley de Dios y el reconocimiento de Dios por las otras naciones. Los demás pueblos deberían observar en Israel el carácter de Dios y reconocer a ese Dios como el único Dios. Precisamente una de las advertencias continuas de Dios a Israel era la de mantener su identidad de pueblo escogido y no ser igual a las otras naciones. La asimilación de las costumbres y culturas extranjeras fue un fuerte elemento que llevó a Israel al exilio.

    Este énfasis en la comunicación visual como elemento clave de la proclamación del evangelio se encuentra también en el Nuevo Testamento. Por ejemplo en la enseñanza de Jesús: “Hagan brillar su luz delante de todos, para que ellos puedan ver las buenas obras de ustedes y alaben al Padre que está en el cielo” (Mt 5:14-16). Aquí Jesús especifica la naturaleza de esa proclamación visual: buenas obras. El mandato de Jesús es que debemos vivir de tal manera que los incrédulos que nos observan reconozcan a Dios. Nuestra vida debe ser la comunicación visual para que los de afuera lleguen a conocer a Dios y de forma específica, debemos mostrar a Dios por medio de ‘buenas obras’. Jesús mismo vivió de esa manera. Cuando Pedro presentó el evangelio en la casa de Cornelio, describió a Jesús como alguien que “anduvo haciendo el bien y sanando a todos los que estaban oprimidos por el diablo” (Hch 10:38). De todos los aspectos que Pedro hubiera podido usar para describir a Jesús ante una audiencia pagana, él escogió el aspecto visual de la vida de Jesús: “Nosotros somos testigos de todo lo que hizo en la tierra de los judíos y en Jerusalén” (Hch 10: 39). A esto, Pedro añadió: “Lo mataron colgándolo de un madero”. Surgen, entonces, algunas preguntas: ¿qué significaba ‘hacer el bien’? ¿Por qué ese estilo de vida recibió la crucifixión? ¿Cuáles son esas ‘buenas obras’ que deben caracterizar a todos los creyentes latinoamericanos?

‘Buenas obras’ en la teología latinoamericana

    Históricamente, en algunos sectores evangélicos se limitó el aspecto práctico y ético de la vida cristiana a una lista de negaciones: no fumar, no tomar bebidas alcohólicas, no ir a fiestas, y no cometer adulterio. Esto, junto con ir a la iglesia fielmente, dar el diezmo puntualmente y llevar la Biblia al culto, definieron la vida cotidiana de los convertidos. Así, las ‘buenas obras’ se entendieron como ciertos comportamientos individuales de índole separatista, que mostraban una ruptura práctica con el estilo de vida generalizado en la sociedad. Como resultado, los creyentes vieron al “mundo” como una esfera de la cual huir para refugiarse en las congregaciones de “salvados”. La evangelización seguía el complejo del ‘Arca de Noé’ donde desde sus lugares seguros llamaban a que los otros vinieran para unirse al gueto. Así, desde el comienzo, la mayoría de iglesias evangélicas en América Latina se mantuvieron al margen de la vida política y social en sus países. Aparte de algunas pocas excepciones, la ética evangélica llevó a que la iglesia fuera irrelevante para la sociedad en general. ¿Serán estas las ‘buenas obras’ que Jesús nos ordenó mostrar?

    En el otro extremo, a eso de la sexta década del siglo XX, otros definieron las ‘buenas obras’ como una participación activa de los creyentes en el proceso de revolución proletaria que según ellos se estaba viviendo en el continente. Era el tiempo propicio para que los creyentes salieran de sus cuatro paredes y se unieran a las masas de trabajadores que buscaban derrocar a las oligarquías poderosas. Según este grupo de evangélicos, si se perdía esa oportunidad histórica, la iglesia iba a desaparecer en el nuevo modelo político. La revolución armada se propuso como la agenda ‘cristiana’ en un contexto de extrema pobreza, explotación laboral, una desigualdad social abismal y continua represión estatal. ¿Tal vez estas sí son las ‘buenas obras’ que deben caracterizar a los creyentes?

    Más recientemente las ‘buenas obras’ se han entendido como la capacidad del creyente para aportar monetariamente, o ‘sembrar’ con dinero. La ética cristiana se ha reducido a una transacción financiera donde la persona entrega dinero a cambio de favores físicos, sentimentales, económicos, espirituales y de otra índole. Al creyente que puede dar más dinero para su congregación se le ve como alguien con mayor espiritualidad que aquel que no tiene la misma capacidad de realizar ‘buenas obras’. Los que están recibiendo beneficios tangibles son cristianos superiores a los que no logran superar su ‘atadura al demonio de la pobreza’. En este esquema las ‘buenas obras’ se miden por el tamaño de la cuenta bancaria y otras posesiones materiales. ¿Tendrán razón los que proponen esto?

    El historiador ecuatoriano Washington Padilla habla de los primeros años de la obra evangélica en su país natal, y refiriéndose a los criterios para determinar quién se había ‘convertido’, menciona que en los informes misioneros aparecía constantemente el asunto de la modestia en el vestido “como una de las virtudes distintivas del verdadero cristiano”. Padilla comenta que en esos informes “nunca se menciona el criterio que tan claramente da Cristo: “En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros”.[2] Padilla apuntaba a que se entendía la apariencia física del creyente como ‘buenas obras’ en lugar del testimonio público de una comunidad que practicaba el amor mutuo.

    Algo similar pasó con el trabajo evangélico entre las poblaciones originarias en el Ecuador. Se incluía “como parte de la conversión al cristianismo la adopción del vestido occidental, el criar ganado y abandonar la vida independiente de los pueblos del Oriente para integrarse al mercado del trabajo de un sistema económico, político y social injusto”.[3] Al final Padilla hace un llamado profético:

Ojalá llegue pronto el día en que las misiones cristianas, no solo del Ecuador sino del mundo entero, se den cuenta hasta qué punto son cómplices inconscientes de los adoradores del oro, cuando no disciernen nítidamente lo que es el evangelio de Jesucristo de lo que es ‘la cultura occidental y cristiana’ y su sistema económico, político y social tan profundamente anticristiano.[4]
 
    Con estos ejemplos de Padilla queda claro que los criterios de conducta superficial y de comportamientos ‘evangélicos’ distan mucho de lo que Jesús llamó ‘buenas obras’. No debemos quedarnos satisfechos con un cristianismo de formas, debemos ir más allá y mostrar como comunidad, visualmente, lo que significa ser el pueblo de Dios.

    El profesor y teólogo salvadoreño Emilio Antonio Núñez, hablando del crecimiento de la iglesia, dice:
 
Es muy cierto que la iglesia crece cuando los convertidos llegan a ser miembros fieles y fructíferos. Pero en la situación actual de América Latina, ¿qué entendemos por ‘miembros fieles y fructíferos’? ¿Evangélicos de tipo tradicional, formados según los ideales de la iglesia de clase media norteamericana? ¿O evangélicos que tienen consciencia de su realidad histórica, cultural y social, y que se preocupan también por la problemática económica y social de las mayorías, sin refugiarse en un evangelio individualista, dualista y excesivamente futurista? Tenemos que recuperar para nosotros mismos en las Escrituras el evangelio total, para todos los seres humanos y para todo el ser humano.[5]
    
    El pueblo latinoamericano necesita escuchar el evangelio y verlo reflejado en la vida de los cristianos: “Nuestra respuesta teológica a la Palabra de Dios y a los problemas candentes de la sociedad latinoamericana debe ir respaldada por una praxis auténticamente cristiana”. Luego, con voz de profeta, Núñez hace un llamado a los evangélicos:
 
En la América Latina hay iglesias que corren el peligro de volverse clasistas, indiferentes a las grandes mayorías que sufren los resultados más deplorables de nuestro subdesarrollo económico y social. Según parece, la clase media, que ha luchado para llegar a esa altura, se consagra fácilmente a conservar sus logros, y aún a mejorarlos procurando subir un peldaño más en la escala social, dándole las espaldas a las clases menos privilegiadas. Las iglesias que surgen de esta movilidad social pueden fácilmente olvidarse de las demandas del discipulado cristiano y del ejemplo del Señor Jesús, quien tuvo compasión de las multitudes que andaban esparcidas y maltratadas como ovejas sin pastor.[6]
 
    A los pastores y teólogos, Núñez los invitó a “sentarnos a escudriñar exegéticamente la Palabra de Dios, no solo para comprobar o defender nuestra teología, sino especialmente para descubrir lo que el texto bíblico tenga que decirnos en esta situación crítica en la cual nos ha tocado vivir”. Y añadió,

Por otra parte es muy fácil huir de la problemática actual refugiándose en un meticuloso ejercicio exegético que no fructifica en una teología para el aquí y ahora de nuestro pueblo. Resulta bastante cómodo enfrascarnos en el estudio de las remotas culturas bíblicas mientras le damos las espaldas a la cruda realidad que nos rodea. Es también posible correr a refugiarnos en el futuro y llegar a ser prominentes escatólogos que dicen muy poco o nada sobre la realidad presente que acongoja al pueblo latinoamericano. Escapándonos al pasado y al futuro, trazamos un arco teológico por encima de los problemas angustiosos de la América Latina. Si hay referencia a estos problemas el toque es tangencial, no profundo.
 
    Necesitamos, por lo tanto, que se multiplique el número de teólogos evangélicos latinoamericanos que estando rigurosamente entrenados en las ciencias bíblicas y teológicas puedan interpretar las señales de los tiempos a la luz de la revelación escrita, instruir adecuadamente a los futuros pastores y maestros del pueblo de Dios, y darle impulso al pensamiento evangélico latinoamericano.[7]
 
    Los latinoamericanos, para Núñez, necesitan encontrar en la Biblia las respuestas a sus preguntas. Por eso “no hay necesidad de tergiversar la Escritura para responder a los interrogantes de nuestros coterráneos”. Además,
 
Abunda la Biblia en enseñanzas sobre la dignidad del ser humano (incluyendo a ambos sexos); la libertad y la esclavitud; la justicia personal y social; la propiedad privada; la riqueza y la pobreza; las relaciones laborales; la paz y la guerra; los deberes y privilegios de la familia; el origen y naturaleza del Estado; las atribuciones y limitaciones del poder civil; los deberes cívicos del cristiano; la filantropía cristiana (las buenas obras como fruto de salvación); en fin, las relaciones humanas en la familia, en la comunidad de fe, en el orden civil, en la escena internacional.[8]

    Para el teólogo metodista argentino José Míguez Bonino la conversión era, para muchos, una experiencia subversiva de libertad. Pero, “¿se originó la subversión evangélica en las demandas del Evangelio o fue una nota religiosa dominada por la ideología capitalista liberal que ha sometido a América Latina a una condición de dependencia, subdesarrollo y explotación bajo la que gime hoy?”.[9] Además,
 
¿Podría decirse que la conversión trajo ‘liberación’ cuando apenas ha reemplazado una alienación por otra, proveyendo un refugio, una sociedad substitutiva (iglesia) y por lo tanto apartando a las personas del verdadero frente de batalla donde el destino de la sociedad se define? Finalmente, ¿fue realmente el Evangelio la fuente de nuestras polémicas contra el catolicismo romano, o fue la teología pietista, individualista y subjetiva que nos llevó al fariseísmo legalista por un lado y al conservadurismo burgués por otro lado?[10]
 
    El análisis de Núñez y Míguez no ha perdido vigencia. Las iglesias están hoy llenas de personas, pero debemos preguntarnos si están llenas de verdaderos creyentes cuya luz brilla en la sociedad a través de las ‘buenas obras’. Como me decía un colega centroamericano:

Aunque nunca hemos tenido tantos evangélicos en mi país, nuestra influencia en la sociedad sigue siendo mínima. La corrupción política y social generalizada, la violencia callejera, el analfabetismo, la desnutrición infantil, para mencionar unos pocos de nuestros problemas, no se han reducido para nada. Parece que el crecimiento numérico no se ha traducido en vidas y en sociedad transformadas por el evangelio.
 
    Respecto a esto, el teólogo indio Vishal Mangalwadi observa que cuando Pablo predicó la salvación por la muerte de Jesús en la cruz, su mensaje fue una amenaza al sistema religioso opresivo de los judíos, lo que le causó una persecución violenta. El mensaje de Pablo: gracia vs. ley y fe vs. obras, era un mensaje de “reforma social, de liberación de un yugo”. Por eso, Mangalwadi concluye que “los sistemas de opresión sobreviven propagando mentiras. La evangelización libera esparciendo la verdad, o sea, quitando los fundamentos intelectuales de un sistema de explotación y creando una estructura social alternativa que ayude a la gente a vivir la verdad”.[11]

    Eso fue precisamente lo que hizo Jesús, explica Mangalwadi,

Una mirada fresca a los evangelios convencerá al lector que Jesús levantó cuidadosamente un grupo numeroso de seguidores que no fue otra secta religiosa sino un centro alternativo de poder en Israel. Esto fue una amenaza para el status quo, no solo naturalmente, sino sobre todo intencionalmente, ya que era la antítesis total de todo lo que los poderosos representaban.[12]

    Los seguidores de Jesús fueron una alternativa en varios frentes, explica Mangalwadi. Fueron una fuerza moral en medio de una sociedad corrompida moralmente; eran una fuerza social que cuidó de los marginados y rechazados por los líderes que protegían sus propios intereses; y fueron una fuerza alternativa de compasión haciéndose al lado de los más débiles en contraste con los líderes religiosos que favorecían a los poderosos. Él concluye diciendo que “Jesús y su nueva comunidad fueron natural e intencionalmente una amenaza al reino de las tinieblas”.[13] Para nosotros hoy, este hermano de la India nos exhorta cuando dice que,
 
Nuestro servicio hoy no tiene poder porque, en algunos casos, está marcado por el amor propio. En otros casos está motivado por una compasión que no entiende las raíces sociales de la miseria humana y no las responde. Pero lo que pasa más a menudo es que es totalmente inconsciente al hecho de que los líderes religiosos, sociales y políticos de este mundo han sido y son capaces de oprimir, arrestar, e incluso crucificar siervos públicos inocentes, como lo hicieron con Cristo, porque el reino natural está mayormente controlado por el mal supernatural.[14]

    Las palabras de Mangalwadi son un llamado de atención a la iglesia de hoy que se ha adaptado al medio y ha perdido relevancia. Como alguien protestó en una conferencia: “Eso de mezclar política y evangelio es herético. Hay que seguir el modelo de Jesús que se dedicó nada más a predicar”. Esta persona no conoce al Jesús verdadero que recibió del estado romano la pena de muerte por sedición y rebelión. Si queremos seguir el modelo de Jesús, él vino a servir no a ser servido, él vino a dar su vida por muchos. Jesús permitió a los niños acercarse, él incluyó mujeres entre sus seguidores, él se apresuró para llegar a la puerta de una aldea, de donde una procesión fúnebre salía, para resucitar al hijo único de una viuda sin importarle la contaminación ceremonial por tocar un féretro. Él se detuvo en medio de una multitud para restaurar la dignidad de una mujer que le había tocado a escondidas. Él detuvo una reunión multitudinaria para atender a un paralítico que fue bajado por un hueco del techo de una casa. Él se enfrentó a los líderes religiosos de su tiempo, quienes le querían matar por sanar a los enfermos en el día de reposo. Él promovió la vida, la restauración de la vida y paradójicamente, a través de su muerte, venció la muerte para darnos vida eterna y vida abundante.

    De la misma manera, nuestra evangelización debe seguir el modelo de Jesús promoviendo la vida. Debemos aprender a discernir, aprender y practicar la ética del reino de Dios. Nuestra práctica evangélica −nuestras buenas obras− debe ser compasiva, que alcance a los que más la necesitan. Debemos intencionalmente acercarnos compasivamente a los más pobres, a los más necesitados, a los inválidos y sus familias, los ancianos, los niños, las viudas, los que sufren. Debemos practicar una evangelización que promueva la paz y busque la justicia, y que siga el modelo de Jesús, fomentando el desarrollo de vidas cristianas verdaderas que promuevan el respeto por la dignidad humana ya que todos son portadores de la imagen de Dios; una evangelización que defienda los derechos de quienes no tienen quién los defienda, que hable por aquellos que no pueden o que no saben hacerlo. Tenemos que convertirnos en creyentes comprometidos que no se dejen seducir por la ambición de obtener grandes números con grandes capitales, sino que promuevan la vida aunque los resultados materiales sean invisibles. En definitiva, nuestra evangelización visual, nuestras buenas obras, deben basarse en una ética de respeto a la vida humana, de rechazo a los sistemas de muerte, para que todos lleguen a glorificar a Dios.

    Cuando estaba en la universidad, un compañero no cristiano me dijo: “Cuéntame, ¿qué aporte histórico ha recibido Colombia de ustedes los evangélicos? ¿Cuál ha sido la contribución de ustedes a los procesos sociales, económicos y políticos de nuestro país? Yo te digo que si hoy ustedes desaparecieran nadie los extrañaría porque no han hecho nada por Colombia”. Desde entonces este desafío me ha hecho revisar mi compromiso cristiano con la sociedad. En ese entonces no podía articular una respuesta porque simplemente no había ejemplos de creyentes involucrados en la historia colombiana. Para usar las palabras de Jesús, los colombianos no veían las “buenas obras” de los evangélicos. ¿Será diferente la situación hoy? ¿Estamos siendo actores activos de transformación? ¿Tenemos hoy mejores testimonios de evangélicos mostrando claramente con sus vidas la grandeza de Dios? Sin dejar a un lado algunas excepciones valiosas, me parece que los creyentes seguimos “jugando a las escondidas” en la sociedad. El desafío es a implementar una proclamación visual activa, comprometida con el reino de Dios, basada en una lectura contextual de la revelación escrita, y al lado de nuestro pueblo.

Conclusión

    Parece que la mayoría de los evangélicos seguimos fallando en la proclamación visual del evangelio. Seguimos enfatizando aspectos éticos secundarios e irrelevantes mientras dejamos a un lado lo principal: que nuestras vidas reflejen el carácter de Dios para que los demás vean y glorifiquen a Dios. Las palabras de Jesús a los religiosos de su tiempo resuenan en nuestras consciencias: “¡Ay de ustedes, maestros de la ley y fariseos, hipócritas! Dan la décima parte de sus especias: la menta, el anís y el comino. Pero han descuidado los asuntos más importantes de la ley, tales como la justicia, la misericordia y la fidelidad. Debían haber practicado esto sin descuidar aquello. ¡Guías ciegos! Cuelan el mosquito pero se tragan el camello” (Mt 23:23-24).

Bibliografía

Mangalwadi, Vishal. Truth and Transformation: A Manifesto for Ailing Nations. Seattle, WA: YWAM Publishing, 2009.
Míguez Bonino, José. “Protestantism's Contribution to Latin America”. En Lutheran Quarterly, 22.1(1970), 92-98.
Núñez, Emilio Antonio. Teología de la Liberación. Miami: Caribe, 1986.
Padilla, Washington. La Iglesia y los Dioses Modernos: Historia del Protestantismo en el Ecuador. Quito: Corporación Editora Nacional, 1989.
 
[1] Las citas de la Biblia son de la Nueva Versión Internacional (NVI). N. de E.
[2] Washington Padilla, La Iglesia y los dioses modernos: Historia del protestantismo en el Ecuador (Quito: Corporación Editora Nacional, 1989), 284.
[3] Padilla, La Iglesia y los dioses modernos, 374.
[4] Padilla, La Iglesia y los dioses modernos, 375.
[5] Emilio Antonio Núñez,  Teología de la Liberación (Miami, FL: Caribe, 1989), 24.
[6] Núñez, Teología de la Liberación, 266.
[7] Núñez, Teología de la Liberación, 258.
[8] Núñez, Teología de la Liberación, 262.
[9] José Míguez Bonino, “Protestantism's Contribution to Latin America”, en Lutheran Quarterly, 22.1(1970), 94.
[10] Bonino, "Protestantism's Contribution", 94.
[11] Vishal Mangalwadi, Truth and Transformation: A Manifesto for Ailing Nations (Seattle, WA: YWAM Publishing, 2009), 164.
[12] Mangalwadi, Truth and Transformation, 84.
[13] Mangalwadi, Truth and Transformation, 85.
[14] Mangalwadi, Truth and Transformation, 94.