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Una teología de la hospitalidad

Una teología de la hospitalidad

Ricardo Gómez Pinto, Ph.D

Versión PDFPadre, profesor, pastor y misionero que tiene una preocupación genuina por el dolor de los desplazados de nuestro país y del mundo. Profesor de la FUSBC desde el 2014.
 
Resumen
 
Frente a la realidad del desplazamiento forzado que tenemos, no solo en Colombia sino el mundo, la iglesia está llamada a presentar una respuesta integral y bíblica a esta realidad. Una teología de la hospitalidad es una corta reflexión en torno a cómo la iglesia puede ser un agente misional que recibe al necesitado convirtiéndose en instrumento de amor para aquellos que más lo necesitan. Al hacerlo, la iglesia no sólo esta encarnando el quehacer del evangelio, sino está apuntando al corazón mismo de este.
 
Palabra clave: Hospitalidad
 
Cuando una persona pobre muere de hambre, esto no pasa porque Dios no cuidó de ella. Esto ha pasado porque ni usted ni yo quisimos darle a esta persona lo que necesitaba. Hemos rehusado ser instrumentos de amor en las manos de Dios para dar al pobre un pedazo de pan, para ofrecerle una muda de ropa con la que pueda protegerse en las noches frías. Esto ha pasado porque no reconocemos a Cristo. Una vez más, él aparece en medio del dolor, se identifica con el pordiosero y el mendigo que está desnudo en la helada noche, muriendo de hambre. Se identifica porque él vino en la solitaria humanidad, en el niño que busca un hogar.[1]
 
Madre Teresa de Calcuta
“Por tanto, recibíos los unos a los otros,
como también Cristo nos recibió, para gloria de Dios.”
 
Romanos 15:7 (RVR 1960)

    Las palabras de la madre Teresa de Calcuta reiteran las palabras del evangelio mismo que nos recuerdan nuestra misión aquí en la tierra. Nos recuerdan las palabras de Jesús dirigidas a sus discípulos: “Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recibisteis; estaba desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a mí” (Mt 25:35-36, LBLA). En este pasaje Jesucristo nos está direccionando a nosotros, sus discípulos, a la tarea de la hospitalidad, enfatizando que las necesidades a nuestro alrededor nos ofrecen una oportunidad de servir a Dios mismo. A través de esta escritura Dios nos llama a servir en el Reino de Dios.

    Cuando ponemos nuestra mirada en el contexto latinoamericano y, particularmente, en el colombiano, queda claro que no nos es suficiente con suplir las necesidades espirituales de nuestra comunidad; necesitamos ir un paso más adelante y aliviar las necesidades, físicas, económicas y sociales, donde la brecha entre el pobre y el rico se incrementan conforme pasan los días. Según expertos del Banco Mundial, América Latina y el Caribe son de las regiones que presentan más desigualdad entre el rico y el pobre en todo el mundo.[2]
De acuerdo con La Consultoría para los Derechos Humanos y el Desplazamiento (CODHES), para el año 2010 cerca de cinco millones de personas habían sufrido el desplazamiento forzado en Colombia, un equivalente aproximado del 11 por ciento de la población del país (CODHES, 2011).[3] De acuerdo a los resultados hechos por CODHES, el desplazamiento forzado implica la pérdida de tierras, pertenencias, familias, amigos, redes sociales, económicas y familiares, y además socava los arraigos culturales y proyectos personales (CODHES, 2004). CODHES resalta que el 97,6 por ciento de los hogares inscritos en el Registro Unido de Población Desplazada (RUPD) se encuentran en situaciones de pobreza, y en los no inscritos el porcentaje alcanza el 96; sumado a ello, el 78,8 por ciento de los hogares inscritos en el RUPD vive en situaciones de pobreza extrema.[4] Como podemos ver, los desplazados colombianos son las personas más vulnerables de nuestra sociedad y constituyen una verdadera crisis humanitaria. Así nos lo recuerda Gloria Naranjo Giraldo cuando escribe:

En Colombia, el desplazamiento forzado se constituye hoy en día, por su magnitud y características, en una verdadera crisis humanitaria, en una grave violación de los derechos humanos, civiles y políticos de miles de ciudadanos. La población desplazada es uno de los grupos más vulnerables entre los vulnerables, no solo por las carencias materiales que afronta al huir de su lugar de origen sino por el efecto que tiene el desarraigo en su capacidad de agenciar su propio proyecto de vida.[5]
 
    Nuestros hermanos colombianos desplazados ofrecen a la iglesia colombiana una oportunidad para saciar su hambre, satisfacer su sed, darles la bienvenida en el corazón de nuestras comunidades, vestir al desnudo, cuidar al enfermo y también visitar a quienes están en prisión.  Esto es lo que precisamente se refiere Dietrich Bonhooeffer en su libro Life Together, cuando escribe:

La presencia física de otros cristianos es una fuente incomparable de gozo y fuerza para el creyente . . . El prisionero, el enfermo, el cristiano en el exilio ve en la comunión con otro cristiano una señal física de la preciosa presencia del Dios trino.  Tanto el visitante como el que es visitado en su soledad reconocen en el otro al Cristo que está presente en el cuerpo; se reciben y se conocen mutuamente como si se encontraran con el Señor, con reverencia, humildad y gozo . . . Por supuesto, es verdad que lo que es un increíble regalo de Dios para un individuo solitario no es tenido en cuenta y es hollado por aquellos que tienen ese regalo cada día.[6]

    Podemos decir, entonces que, nosotros los creyentes en Cristo estamos llamados a ejercitar la hospitalidad en favor de quienes están en necesidad. Al hacerlo, estamos sirviendo a Cristo mismo y satisfaciendo el corazón del evangelio.

    ¿Qué significa hospitalidad? ¿En qué forma podemos hoy ejercer el ministerio de hospitalidad? Como lo explica Christine D. Pohl: la hospitalidad es una virtud que florece a medida que se practica, es un ejercicio que brinda acogida, seguridad, confort, respeto, aceptación y amistad.[7]

    La hospitalidad es, en otras palabras, una práctica usual del evangelio, un evangelio que ve al pobre y al necesitado con compasión y amor. Jesús prometió en el evangelio que recibir al desconocido, alimentar al hambriento y visitar al enfermo es un acto de compasión hecho al mismo Hijo de Dios (Mt 25:35). La Madre Teresa de Calcuta pensó de la misma forma cuando desarrolló su ministerio. Ella dijo: “Las Misioneras de Caridad estamos firmemente convencidas que cada vez que ofrecemos ayuda al pobre se la estamos ofreciendo a Cristo mismo”.[8]

    Hay dos pautas necesarias que debemos seguir para que la hospitalidad sea posible. Por un lado, la hospitalidad debe centrarse en la otra persona; este enfoque incluye el escuchar atento, el compartir mutualmente nuestras vidas y experiencias. Por otro lado, la hospitalidad requiere de un corazón abierto y honesto; requiere generosidad y amor. La hospitalidad no es un acto solamente, sino una práctica de todos los días, en otras palabras es un estilo de vida.

    El evangelio nos recuerda que, cuando ayudamos al pobre y abrimos la puerta a aquellos que están en necesidad, estamos abriendo la puerta a Jesús mismo. Nuestros hermanos y hermanas desplazados en Colombia y en el mundo nos brindan una oportunidad de llevar/compartir el amor de nuestro Señor; estamos llamados a ser las manos y el corazón de Dios para todos ellos. “La hospitalidad no es opcional para los cristianos, no es limitada solo para aquellos que tienen este don. Es, al contrario, una práctica necesaria en la comunidad de fe”.[9] Todos nosotros estamos invitados a ser parte de esta comisión: compartir, cuidar y amar a aquellos menos favorecidos.

    Dar la bienvenida, expresar hospitalidad a un extraño, es uno de los conceptos que más se repite en la narrativa bíblica. El concepto de recibir, dar la bienvenida y ayudar al desconocido forma parte del carácter de Dios y de Su plan para la humanidad.

    Cuando Dios llamó a Abram en Génesis 12:1, y le ordenó: “Vete de tu tierra, de entre tus parientes y de la casa de tu padre, a la tierra que yo te mostraré,” parte de su plan fue hacer de Abram (más adelante Abraham) el padre de una gran nación, y a través de ella  mostrar su gloria (salvación y redención) a toda la raza humana. Responder al llamado de Dios significó para Abraham y sus descendientes ser un pueblo peregrino, una nación de extranjeros. [10]  

    Una de las lecciones que Abraham tuvo que aprender fue que todo, aun la tierra, le pertenecía a Dios y que él era solo un mayordomo. Por lo tanto, Abraham, quien es un invitado en la tierra propiedad de Dios, debería dar la bienvenida a otros “invitados” a esa tierra, así como Dios le dio la bienvenida a él. Franz Rosenzwieg escribió al respecto: “Aun cuando una cultura está en ‘su propia casa’ […] no le está permitido tener posesión de esta. Tal cultura es simplemente ‘extranjera y peregrina’. Dios dice: La tierra es mía”.[11]

    Podemos ver que desde el principio de la revelación de Dios hubo una inclinación a favor de los más desfavorecidos y de recibir a los más necesitados, es decir, a los pobres y a los indefensos. Georges Chawkat Moucarry afirmó: “Sin lugar a dudas, el Pentateuco incluye la integración de los emigrantes [desplazados] en la comunidad y también enfatiza la situación precaria de los extranjeros”.[12]

    Vez tras vez, Dios le recuerda a Israel a amar y tratar al extranjero como un hermano o una hermana. Como dice en Levítico 19:33-34: “El extranjero que resida con vosotros os será como uno nacido entre vosotros, y lo amarás como a ti mismo, porque extranjeros fuisteis vosotros en la tierra de Egipto; yo soy el SEÑOR vuestro Dios”. La palabra de Dios llama a Israel a adoptar una actitud de hospitalidad con los emigrantes, una actitud marcada por un espíritu verdadero de caridad. La situación precaria de los emigrantes no debe llevarnos a explotarlos, sino a respetar sus derechos y a tratarlos con justicia y bondad.[13] Las bases de este mandato son la naturaleza y el carácter mismo de Dios: “Yo soy el SEÑOR vuestro Dios” (Lv 19:34b).

    Dios revela su ser como un Dios lleno de amor y de compasión no solo por Israel, sino también por toda la humanidad. A los ojos de Dios, toda la humanidad es igual y su pueblo debe tratar a otros como el mismo respeto y amor. Miroslav Volf comenta al respecto:

La unidad (o sentido único) de Dios requiere la universalidad de Dios; la universalidad de Dios implica igualdad en la humanidad; igualdad humanitaria implica igual acceso a todas las bendiciones de la unidad de Dios; el acceso único es incompatible con la atribución de significancia religiosa o genealógica.[14]
 
    El Nuevo Testamento presenta la misma imagen de dar la bienvenida, apoyar y ayudar al extranjero como el corazón del evangelio de Jesucristo. Jesús, así como Yahveh en el Antiguo Testamento, llamó a sus discípulos a dejar todo lo que tenían y a seguirle. En Mateo 4:19 Jesús dice: “Seguidme, y yo os haré pescadores de hombres”. El llamado fue a seguirle, dejando atrás todo lo que representaba identidad y de esta forma permitiendo a Jesús formar una nueva identidad en ellos. Esta nueva identidad estaba constituida por el amor sacrificial, la cual se expresó perfectamente en la cruz. “El deseo de darse a sí mismo por otros y de darles la bienvenida es primordial para así aplacar todo juicio contra el otro, excepto para identificarse con ellos en su humanidad”.[15] Refiriéndose a este mismo punto de amor sacrificial, Dietrich Bonhoeffer escribió:

Cuando Cristo llama a un ser humano, lo llama a venir y a morir. Esto puede ser una muerte como la de los primeros discípulos, quienes tuvieron que salir de sus casas y le siguieron, o puede ser como la muerte de Lutero, quien tuvo que salir del monasterio y exponerse ante el mundo. Pero es la misma muerte cada vez —la muerte en Jesucristo, la muerte del viejo hombre a su llamado.[16]        

Jesús mismo dio el ejemplo de recibir y de dar la bienvenida al extranjero a través de su sufrimiento en la cruz. El sufrimiento de Cristo en la cruz no es solo su sufrimiento; es el sufrimiento del pobre y del débil, de aquellos por quienes el mismo Jesús comparte su propio cuerpo y su propia alma en solidaridad con ellos.

    Así, el sufrimiento redentor de Jesús fue, es y será el instrumento a través del cual la humanidad es bienvenida a la presencia misma de Dios. Moltmann enfatiza que el amor sacrificial dado por Cristo está fundamentado en el mismo amor sacrificial que nace del Dios Trino.[17] Jesús cumple la promesa de Dios dada a Abraham de bendecir a todas las familias de la tierra. A través de la fe en Cristo, toda la humanidad puede ahora ser llamada hijos e hijas de Dios. A través de la fe la humanidad es bienvenida y encuentra un lugar en el Reino de Dios. “La fe en Cristo reemplaza el nacimiento en un pueblo. Como resultado, todos los pueblos tienen acceso al Dios de Abraham y de Sara en iguales condiciones, ninguno por derecho propio, todos por gracia”.[18]

    Dios le hizo la misma invitación a Abraham y Jesús le hizo la misma invitación a sus discípulos. Lo maravilloso es que esta invitación está disponible para nosotros hoy. Dios nos invita a dejar nuestra casa, nuestros padres, nuestra patria, nuestra zona confortable; somos invitados a morir a nuestra propia naturaleza egoísta, tomar la cruz de Cristo y seguir a Jesús, permitiéndole a él que nos use como canales a través de los cuales otros son bienvenidos. Por lo tanto, solo hay dos caminos a seguir: o rechazamos la cruz y con esto la base de la fe cristiana, o tomamos nuestra cruz y seguimos al crucificado.

    Hay varias razones por las cuales nosotros debemos servir a quienes padecen necesidades. Primero que todo y como lo vimos anteriormente, el mensaje de Dios para Israel es el mismo que nosotros recibimos hoy. Dios le recordó a Israel que la tierra le pertenecía y que “ellos (Israel) eran sólo forasteros y peregrinos” (Lv 25:23). Los israelitas son llamados a verse a sí mismos como forasteros y peregrinos en su propia tierra, ya que Dios mismo es el dueño de la tierra y ellos debían ser mayordomos y cuidadores. Escribiendo al respecto, Georges Chawkat Moucarry señala: “la ley fue dada para recordarle a Israel que la conquista de la tierra prometida no los haría a ellos dueños, sino mayordomos”.[19] Israel vivió en la tierra por la promesa y la gracia de Dios. De la misma forma nosotros necesitamos vernos como forasteros y peregrinos en este mundo y necesitamos cuidar de nuestros hermanos peregrinos que están en necesidad.

    La segunda razón por la cual necesitamos servir al pobre y al necesitado es que ese fue precisamente el ministerio de Jesús mismo cuando estuvo aquí en la tierra. Así nosotros, sus seguidores debemos seguir su ejemplo y continuar su labor. La hospitalidad es central para entender el significado del evangelio. Escribiendo sobre esta realidad Christine Pohl afirma: “Los cristianos deben ver en la hospitalidad a desconocidos una expresión fundamental del evangelio”.[20] Al hacer esto estamos sirviendo a Jesús mismo. Otra vez, como la Madre Teresa enfatizó: “No debemos servir al pobre como si ellos fueran Jesús. Debemos servir al pobre porque ellos son Jesús”.[21]

    La tercera razón por la cual debemos ayudar a los menos favorecidos y personas con necesidad es porque al hacerlo nosotros somos bendecidos. En otras palabras, hay una bendición recíproca que se ejerce cuando somos hospitalarios. Cuando acogemos a los que no son parte de nuestra comunidad, esa acción crea la posibilidad de que le estemos abriendo la puerta a Cristo mismo. Nosotros, la iglesia cristiana, estamos llamados a predicar el evangelio de formas prácticas. Si deseamos ser obedientes a Jesús y a Su palabra, debemos iniciar pensando y actuando en situaciones que involucran nuestra comunidad. Al hacer esto, podemos esperar que el Rey proclame: “Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo”, porque “lo hicisteis a uno de estos hermanos míos, aun a los más pequeños, a mí lo hicisteis” (Mateo 25: 34, 40).  Esta también es la invitación del apóstol Pedro a la iglesia de los expatriados y a nosotros hoy en 1 de Pedro 4:7-11 (LBLA):

Mas el fin de todas las cosas se acerca; sed pues prudentes y de espíritu sobrio para la oración. Sobre todo, sed fervientes en vuestro amor los unos por los otros, pues el amor cubre multitud de pecados. Sed hospitalarios los unos para con los otros, sin murmuraciones.  Según cada uno ha recibido un don especial, úselo sirviéndoos los unos a los otros como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios.  El que habla, que hable conforme a las palabras de Dios; el que sirve, que lo haga por la fortaleza que Dios da, para que en todo Dios sea glorificado mediante Jesucristo, a quien pertenecen la gloria y el dominio por los siglos de los siglos. Amén.


Conclusión

    Tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento enfatizan el llamado de Dios de dejar nuestro propio contexto y llegar a ser un extranjero o forastero en la tierra, tomando así una nueva identidad basada en las promesas de Dios. Las personas que han recibido la gracia de Dios, deben dar de la misma gracia que han recibido a otros. Las personas que han sido bienvenidas por Dios, de la misma manera, deben dar la bienvenida a otros.

    La presencia de los desplazados y emigrantes en esta tierra es una señal para todos los cristianos, una señal que todos nosotros de una u otra forma somos forasteros y desplazados ante Dios. Debemos redescubrir el sentido de la hospitalidad como una de las prácticas más antiguas y más eficaces de nuestro quehacer cristiano. Es parte de nuestra identidad como hijos de Dios y de nuestro ser, que usado eficazmente, nos dará la capacidad para transformar nuestras familias, nuestras iglesias, nuestras comunidades, nuestras sociedades, nuestro país y nuestro mundo.

    Desde el punto de vista cristiano, la hospitalidad es vista como un talento y un don, pero también como una práctica que florece a medida que la practicamos. En el proceso de practicar la hospitalidad, la transformación toma lugar en nuestros invitados, en nosotros como hospedadores y en toda la comunidad como participante de esta gracia. En el proceso de hospitalidad, el extranjero (invitado) es bienvenido dentro de un ambiente seguro, personal y confortable; un lugar de respeto, aceptación y amistad. Cuando le damos la bienvenida en nuestro hogar a un extraño o forastero, estamos recibiendo a Jesús mismo. Otra vez, la hospitalidad es un talento y un don, pero también es una práctica que florece a medida que la practicamos.

    La verdadera hospitalidad se centra en la persona. Esto incluye el escuchar atento, el compartir mutualmente nuestra vida y experiencias. Esto requiere tener un corazón abierto y honesto; requiere generosidad y amor. La hospitalidad no es un acto que ocurre una vez en la semana o en el mes, es en cambio, una práctica permanente en la vida. En otras palabras, es un estilo de vida que surge de un corazón agradecido que refleja a Aquel que es hospitalario por excelencia.
    
    Al practicar la hospitalidad con la gente de nuestro alrededor, estamos reflejando el carácter y amor de Dios. Esta práctica es una de las formas más poderosas que podemos utilizar en nuestro mundo hoy para dar a conocer el amor de Dios, es decir, las buenas nuevas de salvación. Así como el pueblo de Israel en el pasado, hoy día nosotros estamos llamados a reflejar el carácter de Dios en nuestro mundo. Por nuestro testimonio, el nombre de Dios será glorificado o blasfemado.

 

Bibliografía

Bonhoeffer, Dietrich. The Cost of Discipleship. New York: The Macmillan Company, 1996.
 
Bonhoeffer, Dietrich. Life Together: The Classic Exploration of Christian Community. New York: HarperOne, 1954.
 
Chawkat Moucarry, Georges. “The Alien According to the Torah”. Themelios 14.1 (1988):17-20.
 
Consultoría para los Derechos Humanos y el Desplazamiento (CODHES). ¿Consolidación      de qué? Informe sobre desplazamiento, conflicto armado y derechos humanos en            Colombia en 2010. Boletín informativo N. 77. Bogotá, 15 de febrero de 2011, www.codhes.org.co.
 
Ferranti, David, et al. Desigualdad en América Latina y el Caribe: ¿ruptura con la historia? Resumen ejecutivo. Banco Mundial, 2003.
 
Gonzalez-Balado, José Luis. Mother Theresa: In My Own Words. New York: Gremercy Books, 1996.
 
Naranjo Giraldo, Gloria. “Ciudadanía y desplazamiento forzado en Colombia: una relación conflictiva interpretada desde la teoría del reconocimiento”. Estudios Políticos 25 (2004): 137-160.
 
Pohl, Christine D. Making Room: Recovering Hospitality as a Christian Tradition. Grand Rapids, MI: Eerdmans, 1999.
 
Volf, Miroslav. Exclusion & Embrace: A Theological Exploration of Identity, Otherness, and Reconciliation. Nashville, TN: Abingdon, 1996.
 
[1] Jose Luis Gonzalez-Balado, Mother Teresa: In My Own Words (New York: Gremercy Books, 1996), 25.
[2] David de Ferranti et al, Desigualdad en América Latina y el Caribe: ¿ruptura con la historia? Resumen ejecutivo (Banco Mundial, 2003).
[3] Consultoría para los Derechos Humanos y el Desplazamiento (CODHES), ¿Consolidación de qué? Informe sobre desplazamiento, conflicto armado y derechos humanos en Colombia en 2010, boletín informativo N. 77, Bogotá 15 de febrero de 2011.
[4] Parte de la información usada en esta investigación sobre la realidad del desplazamiento forzado en Colombia proviene de un estudio realizado como requisito de tesis de maestría de la Universidad Nacional de Colombia. Este estudio fue hecho por la socióloga Laura Milena Cadavid quien escribió sobre las condiciones de miseria y desigualdad de 100 familias en situación de desplazamiento asentadas en Bogotá y Soacha.
[5] Gloria Naranjo Giraldo, “Ciudadanía y desplazamiento forzado en Colombia: una relación conflictiva interpretada desde la teoría del reconocimiento”, Estudios Políticos 25 (2004), 150.
[6] Dietrich Bonhoeffer, Life Together. The Classic Exploration of Christian Community. (New York: HarperOne, 1954), 8-9.
[7] Christine D. Pohl, Making Room: Recovering Hospitality as a Christian Tradition (Grand Rapids, MI: Eerdmans, 1999), 9.
[8] Gonzalez-Balado, Mother Teresa, 24.
[9] Pohl, Making Room, 31.
[10] Miroslav Volf, Exclusion & Embrace: A Theological Exploration of Identity, Otherness, and Reconciliation (Nashville, TN: Abingdon Press, 1996), 39.
[11] Volf, Exclusion & Embrace, 39.
[12] Georges Chawkat Moucarry, “The Alien According to the Torah”, Themelios 14.1 (1988), 17-20.
[13] Chawkat Moucarry, “The Alien”, 19.
[14] Volf, Exclusion & Embrace, 45.
[15] Volf, Exclusion & Embrace, 25.
[16] Bonhoeffer, The Cost of Discipleship (New York: Macmillan, 1996), 89-90.
[17] Volf, Exclusion & Embrace, 25.
[18] Volf, Exclusion & Embrace, 45.
[19] Chawkat Moucarry, “The Alien”, 17-20.
[20] Pohl, Making Room, 5.
[21] Gonzalez-Balado, Mother Teresa, 29.